La desinformación pasa por consulta: ¿cómo impacta?

La desinformación en salud no es algo nuevo. Hoy en día, pacientes y profesionales conviven con un exceso de mensajes que no siempre aportan claridad. Encontramos desde las conocidas recomendaciones informales del entorno cercano (familia, amistades o conocidos) hasta aspectos más recientes, como la búsqueda en contenidos de redes sociales, buscadores o herramientas de inteligencia artificial.

Todo ello puede terminar condicionando decisiones preventivas, adherencia a tratamientos, confianza profesional y la propia conversación clínica. El reto para el personal clínico es responder con claridad, empatía y rigor, ayudando al paciente a distinguir entre información útil y mensajes sin base científica. ¿Cómo impacta la desinformación en salud en decisiones de prevención y tratamiento o incluso en el trato con el paciente?

Cuando la desinformación entra en consulta

La desinformación en salud no se presenta en consulta necesariamente en la forma de falsedad evidente o deliberada. Al contrario, hablamos también de mensajes simplificados, descontextualizados o engañosos sin que necesariamente medie intención de desinformar (nótese aquí la distinción del inglés, misinformation, frente a su contraparte intencional, disinformation).

Aporta su visión para Univadis España el Dr. Miguel Mora, médico de familia y comunitaria y coordinador del programa Comunicación y Salud de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC) sobre la evolución de la desinformación en salud: “Hace […] años [la desinformación], se presentaba en forma de comentarios, más o menos bien intencionados, hechos por personas conocidas o allegadas a la persona que atendemos en consulta.”

“Hoy en día el abanico de procedencia [de la desinformación] es más amplio. […] Se incorporan la sugerencia y recomendaciones de personas creadoras de contenido, con mayor o menor veracidad, en general con bastante poca base o evidencia científica. Y a lo largo del último año hemos visto cómo se incorporan elementos realizados con herramientas de inteligencia artificial (IA).”

Otro de los problemas, aporta, es que: “de manera consciente o inconsciente, tendemos a buscar información que confirma nuestras propias ideas y que reafirma nuestras creencias.” Eso implica que el paciente tiende a dar más verosimilitud a las recomendaciones de creadores de contenido o herramientas de inteligencia artificial que ha encontrado y que se alinean con sus ideas y expectativas previas.

Pacientes en busca de respuestas

La desinformación en salud está amplificada por la profusión de canales hoy en día con fuentes de dispar calidad. Ello puede influir en la conversación clínica, así como, propiamente, en la efectividad de la atención sanitaria. No obstante, conviene no perder de vista que su aparición parte de algo totalmente natural.

Aporta también su visión para Univadis España la Dra. Gemma Torrell, médica de familia y comunitaria y coordinadora del grupo de trabajo de Bioética de la semFYC. Para Torrell, el origen del fenómeno no siempre está en la desconfianza, sino muchas veces en algo más básico: la necesidad humana de entender qué nos está pasando.

Explica que, cuando algo preocupa al paciente es normal que sienta la necesidad de encontrar respuesta o explicación a lo que le sucede, resaltando que: “Cuando uno tiene un problema de salud, una molestia, un síntoma, intenta averiguar si aquello está fuera de la normalidad, si otros han experimentado lo mismo, cómo lo han solucionado o qué han hecho cuando eso les ha sucedido.”

En este contexto, el paciente tiende a remitirse primero a su círculo más cercano, incluyendo a la familia y amistades. Pero los contenidos de redes sociales (y sus influencers), de buscadores y obtenidos mediante inteligencia artificial generativa amplían el ecosistema informativo del paciente. El resultado es una sobrecarga informativa que dificulta distinguir entre contenidos rigurosos y mensajes sin base científica. Y, en ocasiones, apunta Torrell, se le suma que es el propio formato de la fuente el que sugiere y abona la expectativa de veracidad (cuando no siempre es así).

Explica el Dr. Mora que entre las fuentes a las que acude el paciente, puede haberlas perfectamente legítimas y fiables, “como pueden ser los canales de salud, o las páginas de información para pacientes de determinadas webs de sociedades científicas”. No obstante, estas pueden convivir con otras más cuestionables, incluyendo contenidos de emisores que no contrastan la información o que están condicionados por intereses comerciales o creencias pseudocientíficas.

Reconstruir el itinerario informativo

Uno de los efectos visibles es que el paciente puede llegar a consulta no simplemente con una serie de síntomas sino con un bagaje de interpretaciones, expectativas y respuestas parcialmente construidas. Esto obliga al profesional no solo a emitir una recomendación, sino también a reconstruir el itinerario informativo previo del paciente: ¿qué es lo que ha leído, qué le ha convencido y qué espera conseguir? ¿Qué teme perder si sigue, o no, una determinada recomendación?

Señala Torrell que: “Partimos de la idea que es mejor hablar con un paciente informado que con uno que no lo esté. [Pero] En todo caso, el paciente desinformado es una oportunidad para reforzar la relación médico-paciente.” Pero, según ilustra Mora, se presenta un gran dilema: “Entendemos que el paciente realiza esta búsqueda en un intento de obtener información y medidas que le permitan dar respuesta a la necesidad de salud sentida.”

De cara a preservar la relación sanitario/paciente, explica Mora que conviene validar el interés que ha tomado en buscar información previa. El agradecer la búsqueda realizada, la información aportada, y el interés tomado debería ir acompañado de preguntas sobre sus fuentes y su estrategia de búsqueda. Ello permitiría valorar su fiabilidad y adaptar la respuesta a las características de la información y la fuente, corregir conceptos erróneos e indicar fuentes alternativas confiables. Y en esa línea, añade: “Invitándole a contrastar y debatir, si fuera preciso, sobre las diferentes opciones encontradas.”

Concuerda con ello la Dra. Torrell: “Es importante que podamos recomendar fuentes de información fiables, oficiales, donde puedan en otra ocasión realizar esa búsqueda. Se trataría de establecer una conversación que reforzara el compromiso, el vínculo, la confianza. Lograr establecer una confianza suficiente como para que seamos fuente principal de sus consultas o bien fuente de comprobación de aquellas informaciones que los pacientes han recopilado.”

Deconstruir la desinformación y cimentar la confianza

Una de las formas más frecuentes en que se manifiesta este fenómeno es la aparición de dudas frente a una recomendación médica porque otra explicación resulta más atractiva, cercana o fácil de creer. En medicina de familia en particular, explica la Dra. Torrell: “l

La persona puede llegar a la consulta con el convencimiento de que aquello que ha leído sobre lo que le ocurre es fiable y por tanto, llega con una posición de conocimiento concreta que choca con el conocimiento que podamos aportar como profesionales, lo que puede generar desconfianza.”

Una dificultad, comparte, es que: “Hay que frenar los sentimientos que nos puede generar el cuestionamiento de nuestro lugar de conocimiento en la consulta, iniciar y sostener una conversación en la que puedan emerger las expectativas de la persona ante la información encontrada explorar qué miedos o preguntas le han llevado a buscar información al respecto, [y por parte médica] disponer de información científica y validada respecto a aquello que aporta el paciente (porque puede que no la tengamos disponible en ese momento y tengamos que consultarla)”.

Valora Mora la estrategia de escuchar y valorar los esfuerzos del paciente, así como dialogar sobre la evidencia encontrada, “por un lado, preserva la relación sanitario/paciente al evitar la confrontación directa, y muestra interés por las aportaciones que el paciente realiza. En segundo lugar, es reflejo de un aspecto más de la atención centrada en la persona, implicando al paciente en la toma de decisiones, y corresponsabilizándolo en su proceso de salud. Cuestiones que, hoy por hoy, son un eje fundamental que vertebra el modelo asistencial.”

Añade Torrell que: “Por suerte, el vínculo y la longitudinalidad permiten deconstruir muchas de las informaciones falsas que pueden correr por las redes. Sin embargo, el tener que deconstruir esos discursos o conocimientos falsos implica un tiempo y un esfuerzo cognitivo y afectivo extra en la consulta.” En todo caso, se trata de lograr comunicar la evidencia de forma asertiva pero compasiva, respetando la autonomía de la persona para buscar soluciones a sus problemas de salud.

La desinformación tiene consecuencias clínicas

En medicina de familia, donde con frecuencia se atiende el primer contacto con dudas, síntomas o decisiones de salud, los efectos de la desinformación pueden hacerse visibles en múltiples ámbitos. En la práctica clínica puede aparecer en ámbitos tan distintos como la vacunación, la nutrición, la salud hormonal, la prevención cardiovascular o el uso de suplementos.

Sin embargo, el impacto no siempre aparece en forma de decisiones extremas. A veces, se trata de cambios más sutiles, acciones o inacciones aparentemente triviales pero que pueden ser clínicamente relevantes: retrasar una consulta, posponer una medida preventiva o tratamiento, o bien solicitar pruebas poco útiles o preferir productos o intervenciones sin respaldo científico.

Advierte Mora que la demanda de pruebas diagnósticas no indicadas puede desencadenar hallazgos casuales, nuevas exploraciones innecesarias y, en última instancia, iatrogenia. Algo similar ocurre con la expectativa de encontrar un fármaco o tratamiento para cualquier malestar, incluso en situaciones donde la intervención más útil pasa por cambios en hábitos o medidas no farmacológicas.

En el extremo opuesto también existe el abandono de tratamientos eficaces o la sustitución por suplementos, productos “naturales” o recomendaciones dietéticas (dietas “detox”) sin fundamento científico, en ocasiones impulsadas por intereses comerciales. No obstante, añade: “Afortunadamente se está avanzando, desde el punto de vista normativo, para poner límites a estas recomendaciones realizadas sin fundamento científico.”

Reconducir decisiones con impacto real

Una de las situaciones de impacto más tangible es cuando se da el rechazo de tratamientos eficaces o se sustituyen por productos “naturales” en ocasiones de composición incierta. Como ejemplo, Mora menciona aún casos recientes de intoxicación por suplementos con vitamina D, así como el rechazo a tratamientos como las estatinas empleadas en prevención cardiovascular secundaria, con el consiguiente aumento del riesgo para el paciente.

Otro caso paradigmático es el de las vacunas. Explica Mora cómo en la época de las vacunaciones masivas contra la COVID, “se generó y arraigó desinformación en cuanto a la seguridad de las vacunas, y la [supuesta] introducción de gérmenes o micro-elementos tóxicos para el organismo. Estos eran conceptos que ya se venían utilizando con anterioridad por grupos antivacunas y que […] dadas las características y la rapidez con las que se desarrollaron las [vacunas], se creó un ambiente que favorecía la transmisión de dichas ideas.”

En relación, más ampliamente, al área vacunal añade: “No podemos olvidar que las vacunas recomendadas por las diferentes sociedades científicas, las incluidas en los calendarios vacunales de las diferentes comunidades autónomas, son todas ellas desarrolladas con el máximo rigor y garantía para los usuarios.” El perjuicio de debilitar la cobertura vacunal es uno de los ejemplos más claros de impacto directo. Recuerda Mora el caso de brotes de sarampión en meses recientes, así como la mortalidad asociada, en lugares con bajas tasas de vacunación.

A la luz de todo lo expuesto, el reto para el profesional no pasa solo por corregir información errónea, sino por comprender qué hay detrás de ella: qué necesidad, qué miedo o qué expectativa llevó al paciente a las respuestas que encontró fuera de la consulta. Como recuerdan Mora y Torrell, escuchar, validar esa búsqueda y orientar hacia fuentes fiables no solo ayuda a desmontar mensajes engañosos, sino que permite reforzar uno de los activos más valiosos de la práctica clínica: la confianza.

Los Doctores declaran no presentar conflictos de interés.


Fuente: https://espanol.medscape.com/s/viewarticle/desinformaci%C3%B3n-pasa-consulta-c%C3%B3mo-impacta-2026a1000g1h

SUMATE A LA COMUNIDAD
Más que un newsletter: la comunidad médica que te acompaña
  • Actividades exclusivas para profesionales de la salud (advisory boards, cobertura de congresos, webinars)
  • Guardá los artículos que te sirven para ver más tarde
  • Recibí cada semana lo más relevante de tu especialidad
Creá tu cuenta gratis
¿Preferís algo más simple? Dejanos tu email y recibí solo el newsletter semanal:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

LEER TAMBIÉN...

Comité Científico de TheForumMD

Revisado y aprobado por Comité Científico de TheForumMD

Cargando