04/09/2025
«Cuando se reprime lo que sentimos, dejamos de entendernos y nos volvemos vulnerables», añade la experta.
La importancia de cuidar la salud mental está cada vez más asentada en la sociedad, especialmente entre los adultos. Pero cuando hablamos de infancia, ese mismo cuidado sigue siendo, en muchos casos, una asignatura pendiente. Inés Santos, profesora del Grado en Psicología de la Universidad Europea, señala que “enseñar a los niños y niñas a entender lo que sienten desde pequeños no es solo una cuestión de bienestar, sino una herramienta fundamental para su desarrollo”.
Las emociones forman parte del día a día de los niños: sienten entusiasmo, frustración, enfado, miedo o alegría en casa, en el aula o en el parque. Sin embargo, no siempre cuentan con las herramientas necesarias para comprender lo que les ocurre ni con adultos que les ayuden a traducir esas sensaciones. “Cuando un niño siente alegría al jugar al fútbol, puede que no sepa por qué exactamente está contento. Puede que le guste ganar, que disfrute del reto o que lo que más valore sea sentirse parte del equipo”, señala Inés Santos, profesora del Grado en Psicología de la Universidad Europea. “Si alguien le acompaña y le hace preguntas, es mucho más fácil que descubra qué hay detrás de lo que siente. Ahí es cuando la emoción se convierte en aprendizaje”, añade. Para la experta, ese tipo de acompañamiento no requiere grandes discursos, sino presencia, escucha y un vínculo que invite a expresarse sin miedo.
Ese acompañamiento, subraya Santos, empieza en casa. “Los niños necesitan adultos que les ayuden a poner nombre a lo que sienten, que no les censuren ni les digan que están exagerando. Si no validamos sus emociones, acaban creyendo que lo que sienten está mal, y aprenden a ocultarlo o a desconectarse de sí mismos”. En su experiencia, muchas de las dificultades emocionales que se manifiestan en etapas posteriores tienen su origen en una infancia en la que no se les permitió explorar sus emociones con libertad y seguridad.
Esta desconexión puede adoptar formas muy distintas. Hay niños que expresan lo que les pasa a través de la rabia o el enfado, mientras que otros se vuelven muy contenidos y callados. “El problema no está en sentir mucho ni en sentir poco. El problema es cuando no saben qué hacer con lo que sienten. Y eso puede llevarlos a sentirse mal consigo mismos, a tener miedo a equivocarse o a no atreverse a probar cosas nuevas”, explica. Por eso, insiste en que tanto las explosiones emocionales como la inhibición son señales que hay que atender. “El niño que siempre parece tranquilo puede estar igual de desbordado que el que grita. Solo que ha aprendido a no molestar”.
Además del entorno familiar, la escuela juega un papel decisivo en este proceso. Para Inés Santos, no se trata de incorporar una asignatura de inteligencia emocional como algo aislado, sino de integrar esta dimensión en la vida cotidiana del aula. “El colegio no es solo un lugar para aprender contenidos. Es donde se convive, se comparten frustraciones, se celebran logros, se resuelven conflictos. Todo eso implica emociones. Y si no enseñamos a gestionarlas, estamos dejando fuera una parte fundamental del aprendizaje”.
La clave está, en su opinión, en formar a los educadores para que puedan acompañar también desde lo emocional. “No se trata de que hagan de psicólogos, sino de que entiendan que no se puede enseñar ni aprender nada si el niño está bloqueado emocionalmente. Una rabieta, una actitud desafiante o una desconexión total no son problemas de disciplina: son llamadas de atención que necesitan ser comprendidas, no castigadas automáticamente”.
Volver a casa tampoco debería implicar una presión añadida para las familias. La experta en Psicología advierte de que “no se trata de interrogarles al salir del colegio ni de forzar conversaciones profundas. A veces, basta con estar. Con sentarse a su lado, compartir un rato sin pantallas, salir a caminar o hacer algo juntos. Es en esos momentos donde muchas veces surgen las preguntas, los comentarios, las pistas de cómo están”.
También recuerda que no basta con identificar que un niño está enfadado o triste. “Hay que ayudarles a afinar: ¿estás frustrado porque querías hacerlo mejor?, ¿estás triste porque te han dejado fuera del juego?, ¿o estás decepcionado porque pensabas que sería diferente? Cuanto más precisos sean al nombrar lo que sienten, más herramientas tendrán para regularlo”.
“Educar emocionalmente no significa evitarles el malestar. Significa enseñarles que lo que sienten es válido, que pueden hablar de ello sin miedo, y que con el tiempo aprenderán a gestionarlo. Eso es lo que les dará seguridad, autoestima y capacidad para relacionarse mejor con los demás”, concluye la experta de la Universidad Europea.
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