Sarampión, el regreso del monstruo.

El sarampión es una enfermedad viral sumamente contagiosa; el virus puede permanecer activo en el aire o sobre superficies hasta dos horas, lo que incrementa seriamente su capacidad de difusión y el riesgo de numerosos contagios. Es especialmente grave en niños pequeños y adultos mayores.

Frecuentemente, puede presentar complicaciones tales como otitis media, neumonías, laringotraqueobronquitis, diarrea, encefalitis o infecciones bacterianas cutáneas graves, que en ocasiones conllevan pérdida de audición o ceguera.

Antes de la era de las vacunas, se estimaba que ocurrían 100 millones de casos anuales y alrededor de 6 millones de muertes. El sarampión se manifestaba de forma endémica en áreas urbanas, alcanzando proporciones epidémicas cada dos o tres años. Gracias a los programas eficaces de vacunación infantil, en los países desarrollados los casos disminuyeron un 99%, concentrándose principalmente en niños no vacunados, adolescentes y adultos que solo recibieron una dosis.

No obstante, a pesar de contar con una vacuna segura, eficaz, económica y disponible desde hace más de 50 años, el sarampión ha resurgido como una enfermedad importante en muchas regiones del mundo. Los expertos coinciden en que este aumento está relacionado con bajas coberturas vacunales posteriores a la pandemia de COVID-19.

Esta situación nos obliga a implementar urgentemente nuevas estrategias de control. En los últimos años, se observa un cambio en la distribución mundial del sarampión, con un incremento sostenido de casos graves incluso en países desarrollados, desde donde ahora se propaga a países en vías de desarrollo, revirtiendo el patrón conocido.

Europa, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF, registró más de 127 000 casos en 2024, más del doble que en 2023. Los niños menores de 5 años representan más del 40% de los casos en 53 países de Europa y Asia Central, y la mitad requirió hospitalización, generando un alto costo para los servicios de salud. Hasta el 6 de marzo de 2025 se registraron 38 muertes.

En América, la situación es similar, con un aumento de casos en las primeras diez semanas de 2025 que supera ya el total de 2024. La alerta es mayor debido a que los casos provienen de países desarrollados como EE.UU. UU., Canadá y Rusia, extendiéndose ahora a países de Suramérica como México y Argentina, generando una amenaza significativa.

De acuerdo con la evidencia, la vacuna es actualmente el único método efectivo para el control del sarampión, a pesar de que algunos políticos han sugerido erróneamente como medidas “nutrición sana, ejercicio físico y vitamina A” para enfrentar la epidemia.

Se recomienda aplicar dos dosis de la vacuna: la primera entre los 12 y 15 meses y la segunda entre los 4 y 6 años. En nuestro país, este esquema es obligatorio para ingresar al primer nivel escolar, según el Ministerio del Poder Popular para la Salud (MPPS) y la Ley de Inmunizaciones vigente, respaldado por sociedades científicas reconocidas como la Sociedad Venezolana de Infectología y la Sociedad Venezolana de Pediatría y Puericultura.

El sarampión representa una amenaza global de salud pública mayor, ya que los virus y las enfermedades no respetan fronteras y circulan libremente a pesar de las restricciones, tal como se ha evidenciado con el cólera, VIH, dengue y COVID-19. Sabemos que, si el virus llega a una comunidad con niveles bajos de vacunación (menos del 95%), especialmente en niños, se producirán brotes y epidemias.

Debemos prevenir y actuar antes de la aparición del sarampión, capacitando al personal sanitario junto con las comunidades, fortaleciendo los programas de inmunización y los sistemas de vigilancia, e iniciando campañas de vacunación masiva.

Es fundamental que todos los actores sociales —educadores, líderes políticos, militares, gremios, sociedades científicas, academias, personal de salud, comunidades e iglesias— analicen sus coberturas vacunales para prevenir brotes y mejorar el sistema sanitario, utilizando la epidemiología como herramienta principal.

Esta enfermedad ejemplifica el dicho: Más vale prevenir que curar.

Vacunemos a nuestros niños.

Dr. Luis Echezuría
Médico epidemiólogo

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