Hasta un 31 % de los adultos con diagnóstico de enfermedad renal crónica afirman sufrir inseguridad alimentaria permanente. Las personas con inseguridad alimentaria son más propensas a padecer comorbilidades que constituyen factores de riesgo de enfermedad renal crónica, como hipertensión, diabetes, obesidad, cardiopatías y dislipidemia, en comparación con quienes no la padecen. Investigaciones recientes también señalan que la inseguridad alimentaria en una persona que vive con enfermedad renal crónica aumenta en 38 % la probabilidad de que la enfermedad avance a la etapa terminal de la enfermedad renal crónica.
Inseguridad alimentaria frente a inseguridad nutricional
Se ha observado que la enfermedad renal crónica es más frecuente en personas de bajo nivel socioeconómico, probablemente debido a la inseguridad nutricional, que a menudo va de la mano de la inseguridad alimentaria. La inseguridad alimentaria es la falta de acceso regular a los alimentos en general, mientras que la inseguridad nutricional es la falta de acceso regular a los alimentos necesarios para mantener la salud.
Para ver un ejemplo de lo que la inseguridad alimentaria puede implicar para la salud humana, basta con fijarse en la Gran Depresión. Muchas recetas de ese periodo incluyen grandes cantidades de alimentos ricos en carbohidratos, como la avena, la harina y el arroz, pero cantidades limitadas de proteínas u otros alimentos ricos en vitaminas y minerales. El uso de estos alimentos ricos en carbohidratos permitía que una familia numerosa pudiera disfrutar de comidas asequibles y saciantes, como el chipped beef on toast (tostadas con carne deshebrada) o el Hoover stew (guiso Hoover), un plato a base de pasta que solía incluir salchichas, tomates guisados y maíz o alubias en conserva. Sin embargo, las enfermedades relacionadas con la desnutrición, como el raquitismo, el escorbuto y la pelagra, eran endémicas.
Si bien la Gran Depresión tuvo lugar hace casi 100 años, quienes estamos en contacto directo con los pacientes podemos observar muchos de los mismos patrones en la forma en que comen hoy en día nuestros pacientes con escasos recursos. Puedo dar fe personalmente de que muchos de mis pacientes en situación de inseguridad alimentaria limitan la compra de frutas y verduras frescas para destinar una mayor parte de su presupuesto limitado a productos como la pasta, el arroz y las comidas precocinadas, con el fin de estirar más su dinero, lo que probablemente empeora su estado de salud.
Inseguridad alimentaria en la población con enfermedad renal crónica
He asesorado a pacientes cuyo único ingreso son sus prestaciones de la seguridad social y cuyo almuerzo tras la diálisis puede consistir en salchichas vienesas en conserva con papas fritas, un sándwich de mortadela frita o arroz frito con comida chatarra. Si bien estas opciones de comida son sin duda económicas, también están cargadas de sodio, potasio y fósforo, lo que contrarresta la mejoría observada tras la diálisis al favorecer la retención de líquidos, la hiperkalemia, la hiperfosfatemia y el hiperparatiroidismo.
Estos pacientes suelen ser conscientes de que sus elecciones alimentarias no son óptimas para su salud, pero no saben cómo mejorarlas. Quienes viven en un “desierto alimentario” quizá solo puedan hacer la compra en la tienda de conveniencia local, donde las opciones saludables son escasas y difíciles de encontrar. Los pacientes que tienen varios trabajos pueden disponer de poco tiempo para preparar las comidas y prefieren limitarse a preparar una caja de macarrones con queso o una cena congelada, ambas opciones con un alto contenido en sodio y fósforo, lo que también contribuye a complicaciones derivadas del incumplimiento de la dieta en la enfermedad renal crónica en etapa terminal, como calambres y espasmos musculares, prurito, sobrecarga de líquidos, calcificación de los tejidos blandos, anemia e incluso paro cardíaco.
Afortunadamente, hay algunas medidas sencillas que los profesionales sanitarios pueden tomar para ayudar a sus pacientes en situación de inseguridad alimentaria a mejorar su dieta sin salirse del presupuesto.
Realizar una auditoría de recursos
Lo primero que me gusta hacer en cualquier clínica nueva es realizar una auditoría de recursos. Me pongo en contacto con la trabajadora social para determinar quién se encarga de ayudar a los pacientes con bajos ingresos a solicitar ayudas federales, como el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria. También elaboro una lista de los bancos de alimentos locales, sus requisitos y horarios de atención. Algunos servicios locales de reparto de comida a domicilio incluso aceptan seguros para proporcionar regularmente comidas adecuadas a la dieta de los pacientes en sus hogares.
La hora que me puede llevar completar esta auditoría de recursos vale absolutamente la pena cuando consigo poner en contacto a un paciente en situación de inseguridad alimentaria con la ayuda necesaria para mejorar el cumplimiento de su dieta, su estado de salud general y su satisfacción.
Proporcionar educación práctica
Si bien contamos con una gran cantidad de normas que nos guían en la educación del paciente, todas las normas del mundo no importan al paciente si la educación no es práctica y aplicable a su caso. He ejercido casi exclusivamente en zonas rurales del sur profundo, donde es habitual presentarse en la puerta de un vecino con una bolsa de verduras frescas de la huerta en los calurosos meses de verano, cuando están en temporada. Suena estupendo, pero a veces esas verduras gratuitas son alimentos que las personas con enfermedad renal crónica deberían evitar. Sin embargo, cuando un paciente en situación de inseguridad alimentaria me cuenta que un vecino le está proporcionando productos agrícolas gratuitos, no puedo limitarme a decirle que los tire a la basura.
En su lugar, les enseño a reducir el contenido de potasio de las verduras con alto contenido en potasio, como las papas blancas o el camote, remojándolos e hirviéndolos en grandes cantidades de agua para eliminar el mineral. Se ha demostrado que este proceso reduce el contenido total de potasio entre 50 % y 75 %. También podría aplicarse a algunas legumbres con un contenido moderado de potasio, como los frijoles negros o el frijol común.
También les enseño a controlar las raciones. Un tomate entero de tamaño mediano contiene unos 300 mg de potasio, lo cual es demasiado para alguien en hemodiálisis. Pero una o dos rodajas de tomate en un sándwich —un sándwich de tomate fresco de la huerta con mayonesa es una especie de manjar sureño— es poco probable que cause problemas incluso a un paciente sensible al potasio, ya que contiene menos de 100 mg por ración.
Ayudar a los pacientes a ser creativos
Si tengo un paciente que recibe alimentos de un banco de alimentos, me gusta trabajar con él para que cubra sus carencias nutricionales al tiempo que prepara comidas apetecibles con los alimentos donados. Por ejemplo, los bancos de alimentos suelen proporcionar platos de pasta precocinados. Estos suelen tener un alto contenido en carbohidratos y sodio, pero son limitados en proteínas, fibra y otras vitaminas y minerales. Por eso, les digo que, en lugar de comer una caja de pasta precocinada con mantequilla y ajo tal cual para cenar, podrían añadir guisantes y pollo en conserva bien escurrido para alargar la comida a quizás dos o tres raciones que puedan disfrutarse durante unos días. De esa forma, tendrán una comida lista para tomar tras un largo tratamiento de diálisis que les aporte proteínas y fibra adicionales, con un contenido de sodio por ración inferior al de la pasta en caja sola.
Otras ideas de comidas económicas que pueden resultar beneficiosas para las personas con enfermedad renal crónica en etapa terminal, si se preparan adecuadamente, incluyen arroz frito con huevo, chícharos y zanahorias; avena con mantequilla de cacahuate; ensalada de atún; curry de garbanzos; patatas asadas con huevos; frijoles de ojo negro escurridos y hervidos sobre arroz; ensalada de pasta con pepino, garbanzos, tomate y pimientos; o un típico sándwich de huevo.
Cuando trabajo con un paciente en diálisis con necesidades proteicas excepcionalmente elevadas, también me gusta hablar con él sobre su disposición a probar cortes de carne más asequibles. Los muslos de pollo y la carne picada de cerdo son excelentes fuentes de proteínas y, por lo general, más asequibles que los cortes más populares, como las pechugas de pollo o la carne picada de ternera. Muchos de mis pacientes descubren que obtener una licencia de pesca anual y el cebo cuesta mucho menos que comprar pescado en la tienda, y les proporciona un pasatiempo que les ilusiona en sus días sin diálisis.
Poner a los pacientes en contacto con otros recursos
También puede resultar útil considerar formas no dietéticas de ayudar a los pacientes a lidiar con la inseguridad alimentaria.
Los pacientes que tienen dificultades para sufragar los gastos de transporte de ida y vuelta a la sesión de diálisis pueden beneficiarse de la diálisis domiciliaria, lo que les permite ahorrar dinero que pueden destinar a su presupuesto para la compra. Los pacientes que toman medicamentos costosos pueden beneficiarse de programas privados de asistencia farmacéutica o de farmacias de venta por correo a bajo costo. Los quelantes del fósforo, las tiras reactivas para medir la glucosa y otros medicamentos pueden resultar considerablemente más asequibles a través de dichos servicios.
Independientemente de cómo se ayude a cada paciente, la inseguridad alimentaria y la inseguridad nutricional que la acompaña son motivos de grave preocupación en el ámbito de la enfermedad renal crónica y requieren la experiencia y la compasión de todo el equipo de tratamiento para mejorar los resultados que obtienen los pacientes.
Este contenido se tradujo de la edición en inglés de Medscape.
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